Las tres rejas: ética del acompañamiento en terapia.

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la ética del acompañamiento en terapia

Un joven discípulo llegó muy agitado junto a su maestro:
—¡Maestro, quiero contarte algo!
—Espera —lo interrumpió el sabio—. ¿Ya has hecho pasar lo que vas a decir por las tres rejas?
—¿Las tres rejas? —preguntó el discípulo.
—Sí —dijo el maestro—: la primera es la verdad. ¿Estás absolutamente seguro de que lo que quieres contarme es cierto?
—No… Lo escuché de otros…
—Bien, entonces al menos lo habrás pasado por la segunda reja, que es la bondad. ¿Eso que deseas decirme es bueno para alguien?
El discípulo dudó y luego respondió:
—No, en realidad no…
—Ah… —dijo el maestro—. Entonces probemos la tercera reja: la necesidad. ¿Es necesario hacerme saber eso?
—No, no es necesario…
—Entonces —sonrió el sabio—, si no es verdadero, ni bueno, ni necesario, ¿para qué decirlo?

Este sencillo relato, que parece hablarnos solo del valor de la palabra, encierra en realidad una brújula profunda para la vida.
Especialmente para quienes acompañamos procesos de transformación humana —terapeutas, maestros, acompañantes—, la enseñanza de las tres rejas puede convertirse en un principio ético: una guía para cultivar la ética del acompañamiento, una forma de estar en relación, de cuidar al otro y de cuidarnos a nosotros mismos.

La Verdad: un punto de vista y una responsabilidad

La verdad no es un hecho inamovible, sino una perspectiva. Cada uno de nosotros percibe la realidad a través de lentes teñidas por su historia, sus deseos, sus heridas y sus miedos. Nuestra mente filtra lo que ve y, muchas veces, sin ser conscientes, vemos solo lo que queremos ver o interpretamos los hechos para que encajen en nuestros mapas internos.

Hablar de «la verdad» implica, por tanto, un acto de enorme responsabilidad. Especialmente en el espacio terapéutico, donde cada palabra que pronunciamos puede abrir caminos o cerrarlos, aliviar o herir, fortalecer o debilitar.
No basta con “creer” que decimos la verdad: es fundamental reconocer que toda verdad es parcial y está mediada por nosotros.

Antes de compartir una percepción, podemos preguntarnos:
¿Desde qué lugar estoy viendo esto?
¿Cómo sé que esto es cierto?
¿Estoy dejando espacio para que el otro descubra su propia verdad?

Hablar desde esta consciencia es un acto de humildad. Es saber que acompañamos procesos ajenos sin imponer nuestras certezas, sabiendo que nuestras palabras tienen un peso y que somos responsables de cada una de ellas.
Esta actitud es parte esencial de una ética del acompañamiento genuina y respetuosa.

La Bondad: salir del propio ombligo y mirar al otro

La bondad, en este contexto, no es simplemente ser “bueno” en términos morales. Es algo mucho más vital: es la capacidad de salir de nosotros mismos y mirar al otro en su humanidad.
¿Lo que voy a decir sostiene, alivia, construye? ¿O solo responde a mi necesidad de ser visto, reconocido o tener razón?

La bondad es una forma de empatía activa: una manera de percibir la vulnerabilidad y las necesidades del otro y actuar de modo que cuidemos la relación.
No se trata de evitar la verdad difícil, sino de preguntarnos cómo, cuándo y para qué la comunicamos.
¿Lo hago desde el amor o desde el ego?
¿Desde el deseo de crecer juntos o desde la necesidad de colocar mi verdad por encima de la del otro?

Cultivar esta mirada empática hacia el otro, dejando en segundo plano nuestras necesidades narcisistas, fortalece la calidad de la relación terapéutica y sostiene la ética del acompañamiento que buscamos ofrecer.

La Necesidad: discernir entre el impulso y el verdadero servicio

Aunque algo sea cierto y nazca de un impulso genuino de bondad, no siempre es necesario decirlo.
Discernir entre nuestras necesidades egoicas (como ser valorados, tener la última palabra, demostrar saber) y nuestros deseos nucleares (como contribuir, aliviar, construir) es un aprendizaje profundo que exige honestidad interna.

La necesidad, en este sentido, nos llama a preguntarnos:
¿Es verdaderamente necesario decir esto ahora?
¿El otro necesita oírlo, o soy yo quien necesita decirlo?

El silencio puede ser, muchas veces, más potente y sanador que cualquier palabra.
Callar, cuando el impulso es hablar para satisfacer el ego, es un acto de madurez.
Hablar, cuando el silencio sería evasión o abandono, es un acto de amor.
Aprender a distinguir cuándo corresponde cada uno es parte fundamental de una ética del acompañamiento consciente.

El Maestro: un compañero en el despertar

En el cuento, el maestro no impone respuestas ni sermonea. Solo ofrece preguntas. Preguntas que devuelven al discípulo a sí mismo, a su discernimiento, a su responsabilidad.
Este gesto es profundamente revelador: el maestro verdadero no es el que enseña qué pensar, sino el que acompaña a pensar.

En la relación terapéutica buscamos algo similar: acompañar desde la horizontalidad, sosteniendo un espacio donde la otra persona pueda mirarse con mayor claridad y encontrar su propio sentido.

La maestría no se alcanza con títulos ni con certezas. Se forja tras muchas horas de presencia, de errores, de escucha profunda, de silencios incómodos.
Es el resultado de caminar una y otra vez los mismos laberintos que acompañamos en otros, hasta encontrar un lugar interno de mayor paz, mayor humildad y mayor respeto por los tiempos y procesos de cada ser humano.

Quizá, como en el cuento, el mayor acto de sabiduría sea saber cuándo callar, cuándo hablar, y cuándo simplemente sostener la pregunta.
Y reconocer que, en última instancia, la verdadera ética del acompañamiento nace de un profundo respeto hacia el misterio y la libertad de cada ser humano.

Gorka Iguiñiz

Gorka Iguiñiz

Terapeuta Gestalt. Terapia adultos y parejas

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